Incluso con mi nuevo cargo en la USCCB: ‘Me comprometo a servirles fielmente como su pastor’.
Entre las riquezas espirituales de nuestra tradición católica se encuentra el testimonio de san Ignacio de Loyola, un soldado español del siglo XVI convertido en sacerdote y fundador de la Compañía de Jesús.
San Ignacio fue un hombre que luchó profundamente por encontrar su lugar en el mundo y en la Iglesia. Una y otra vez, tuvo que resistirse al instinto de escribir su propia historia y, en vez de eso, se entregó a las indicaciones de Dios. Al hacerlo, perfeccionó su comprensión de la vida en el espíritu, dejándole a la Iglesia valiosos legados como los “Ejercicios Espirituales” que contienen sus “Reglas para el discernimiento de los espíritus”.
A lo largo de mi vida como sacerdote y obispo, he obtenido un gran beneficio de los escritos espirituales de san Ignacio.
Una expresión en particular que se me ha quedado grabada es la que san Ignacio llama el “Primer principio y fundamento” que dice: “El ser humano fue creado para alabar, venerar y servir a Dios nuestro Señor, y así salvar su alma”.
En esta declaración concisa sobre nuestro propósito y responsabilidad ante Dios, Ignacio nos recuerda que “necesitamos volvernos indiferentes hacia todas las cosas creadas, siempre que el asunto esté sujeto a nuestra libre elección y no exista ninguna prohibición. Así, por nuestra parte, no deberíamos desear la salud más que la enfermedad, la riqueza más que la pobreza, la fama más que la desgracia, una vida larga más que una corta; y así con todo lo demás; deseando y eligiendo solo aquello que más contribuya al fin para el cual fuimos creados”.
Esta sabiduría ignaciana subyace en la invitación que Cristo hace a Simón Pedro en el Evangelio que dice: “Rema mar adentro” (Lucas 5,4). Algo cambió dentro de aquel pescador convertido en apóstol cuando eligió la santa indiferencia y sólo quiso lo que Jesús le estaba pidiendo que hiciera.
Al elegir esta frase como mi lema episcopal, siempre he tratado de imitar tanto a Pedro como a san Ignacio. Intento discernir la voz de Dios, seguir su voluntad y confiar en que, por su poder, una “gran cantidad de peces” serán llevados a Cristo a través de mi pequeña cooperación.
En las últimas semanas, el Señor, a través de su Iglesia, me ha invitado de nuevo a “remar mar adentro”. El 11 de noviembre mis obispos hermanos de la Conferencia Episcopal de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) me eligieron para desempeñar el cargo de presidente de la conferencia. Es un gran honor y una gran responsabilidad que sitúa mi ministerio en un plano mucho más público.
En las horas, días y semanas posteriores a mi elección, he recibido muchas palabras amables de felicitación y apoyo, tanto de forma personal como a través de diversas plataformas de redes sociales. (Sin embargo, tengo que admitir que no todas las respuestas de los medios han sido amables, ¡pero hoy en día ese es el precio que se paga por ser una figura pública!)
Sin duda, estoy muy agradecido por esta muestra de apoyo, y pido humildemente sus oraciones al comenzar este nuevo capítulo en mi ministerio episcopal.
A ustedes, fieles de la Arquidiócesis de la Ciudad de Oklahoma, deseo asegurarles que estoy comprometido a servirles lealmente como su pastor. Esta elección no significa que vaya a abandonar Oklahoma ni que vaya a dejar el ministerio que tanto aprecio. Oklahoma es mi hogar, y mi servicio para ustedes permanece en el centro de mi vocación.
Sin embargo, esta nueva función conlleva responsabilidades adicionales. La USCCB existe para apoyar a los obispos de los Estados Unidos en las funciones pastorales encomendadas por Jesús: santificar, enseñar y gobernar.
Junto con los obispos, la conferencia cuenta con un numeroso equipo de personal laico, sacerdotes y religiosos. Como presidente, debo ejercer las funciones de director ejecutivo, así como también debo presidir el Comité Administrativo y las Asambleas Plenarias de la Conferencia, que se realizan dos veces al año y de las cuales ya fui partícipe.
Además, como representante público de la USCCB, se me han confiado relaciones cívicas y eclesiásticas más amplias. Debo representar los intereses de la Iglesia Católica en los Estados Unidos en la esfera pública y dentro de la Iglesia Universal. Esto incluye establecer relaciones con líderes civiles nacionales, como el presidente y el vicepresidente, miembros del Congreso y otras personas cuyo trabajo se relaciona con las exigencias morales y sociales del Evangelio.
También colaboro estrechamente con el nuncio apostólico para apoyar y ayudar a llevar a cabo las iniciativas del Santo Padre en las iglesias locales de nuestra nación.
Aunque toda esta responsabilidad puede parecer por momentos abrumadora, me consuela el primer principio de san Ignacio: Fui “creado para alabar, venerar y servir a Dios nuestro Señor”.
Por eso, me llena de alegría servirle en mi calidad de presidente de la USCCB, y puedo escuchar claramente las palabras de ánimo de san Juan Pablo II, inspirado por nuestro Salvador: “No tengan miedo. Abran de par en par las puertas a Cristo”.