Los aniversarios de acontecimientos destacados, como nacimientos, bodas y ordenaciones, son importantes. El primer aniversario tiene un significado especial, ya que nos permite voltear hacia un pasado reciente y proyectarnos de manera especial hacia el futuro.
Cada año, en el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia Católica celebra el domingo del Buen Pastor. La lectura del Evangelio de ese día siempre dirige nuestra atención hacia Jesucristo, el Buen Pastor.
Durante el tercer domingo de Cuaresma que celebramos hace apenas unas cuantas semanas, escuchamos la historia de la mujer samaritana en el pozo que le pregunta a Jesús: “¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
La Iglesia Católica celebra en esta semana la Solemnidad de la Anunciación del Señor. La liturgia del 25 de marzo conmemora el hecho trascendental de cuando el Arcángel Gabriel visita a la Bienaventurada Virgen María y le anuncia que Dios la ha elegido para cumplir un papel excepcional en su Plan de Salvación para nosotros: Ser la madre de su Hijo.
Desde mi nombramiento como arzobispo hace 15 años, no he dejado de rezar por un nuevo Pentecostés que conduzca a una nueva evangelización en Oklahoma, una renovación que conmueva los corazones para un encuentro más profundo con el Verbo encarnado y una decisión consciente de seguir a Jesucristo.
Como joven que creció en la fe católica, la confesión era algo que normalmente me aterraba. Durante la secundaria y la universidad, solía posponerla durante meses. Como adolescente, y sin duda a través de mi ministerio sacerdotal, he llegado a reconocer la confesión como un gran regalo.
Hemos comenzado nuestro camino de Cuaresma hacia la Pascua. Es un camino espiritual, un camino de fe, pero el destino no es un destino físico. No veremos un cambio en la geografía o el lugar cuando lleguemos, pero el camino es totalmente real. Si perseveramos en el camino, nos moveremos de una manera vieja de relacionarnos con Dios a una nueva.