En octubre de este año tuve el gusto de encabezar la peregrinación de nuestra Fundación Católica de Oklahoma a Francia y acompañar a nuestros veintidós peregrinos. Una peregrinación es una oportunidad para renovar la fe y fortalecer la esperanza.
Esta esperanza es el centro de este año jubilar, cuyo lema es “Peregrinos de la Esperanza”. La Providencia de Dios es tan evidente en los altibajos del viaje, en las gracias inesperadas que nos aguardan en los lugares sagrados que visitamos y en nuestros propios compañeros de travesía. Y este viaje no fue la excepción.
Tuvimos la dicha de seguir los pasos de varios de los grandes santos franceses – santa Catalina Labouré, san Luis de Marillac, san Vicente de Paúl y san Martin de Tours, entre otros.
La arquitectura era impresionante en las diferentes catedrales y santuarios donde tuvimos el privilegio de rezar y celebrar la Misa. Estos lugares sagrados fueron tan conmovedores al igual que las conversaciones con otros peregrinos durante las comidas compartidas, que alimentaron tanto el cuerpo como el alma.
Uno de los momentos más destacados, por supuesto, fue visitar Lisieux y rezar ante las reliquias de la gran santa Teresita y sus padres, los santos Luis y Celia Martin. Su basílica, construida al estilo neobizantino, es enorme y radiante, con dieciocho altares laterales donados por naciones de todo el mundo. Es el segundo lugar de peregrinación más visitado en Francia, después de Lourdes.
Al estar allí, recordé el mensaje central de santa Teresita: que Dios puede lograr grandes cosas incluso a través de los actos de amor más pequeños. En vida, anhelaba ser misionera, pero pasó sus días recluida en un monasterio carmelita. Ahora, su “caminito espiritua” ha conmovido al mundo. Ella nos recuerda que la humildad, la confianza en Dios y el gran amor expresado en pequeños actos son todo lo que se necesita para convertirse en santo.
Nuestra peregrinación comenzó, apropiadamente, en Montmartre, donde se erige la Basílica del Sagrado Corazón, desde donde se divisa todo París. Me llamó la atención que la famosa peregrinación de santa Teresita a Roma comenzara en ese mismo lugar. Allí, nuestro grupo se reunió en oración y nos consagramos al Sagrado Corazón antes de emprender nuestro viaje, tal como ella lo hizo en su momento.
A medida que continuaba nuestro viaje, llegamos a Normandía. En Bayeux, celebramos una Misa en la antigua catedral antes de visitar la playa de Omaha y el cementerio americano con vista al mar. Este día fue especialmente emotivo para mí, ya que mi padre fue un soldado estadounidense que sirvió en Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Estar de pie entre miles de cruces blancas fue un momento de profunda reflexión, un recordatorio del sacrificio, la valentía y el precio de la libertad.
Fue una muestra de humildad ver cómo la fe perdura incluso en lugares marcados por tanto dolor y heroísmo. Ese día nos enseñó que el peregrinar también significa recordar, llevar las historias de los demás junto a nuestro corazón mientras caminamos en la fe.
Desde allí, viajamos hacia el oeste hasta el Monte Saint-Michel, la impactante abadía insular que se eleva sobre las mareas como una visión del cielo tocando la tierra. Durante más de mil años, los peregrinos han subido sus sinuosos escalones en oración. Celebramos la Misa en la hermosa iglesia parroquial, dentro de sus muros ancestrales. Al caminar por sus murallas y contemplar el mar que se extendía bajo mis pies, recordé que nuestras vidas también son como las mareas, que suben y bajan regidas por la Providencia de Dios, y siempre regresando a Él.
Nuestros últimos días nos condujeron a Solesmes, la abadía benedictina reconocida por su canto gregoriano. Allí, la oración y la belleza son inseparables: cada nota, cada silencio es una ofrenda de alabanza. Al escuchar a los monjes recitar los antiguos salmos, el tiempo parecía haberse detenido. Fue un vislumbre de la liturgia celestial, la alabanza que nunca termina.
Tuve el privilegio de pasar allí una temporada cuando era mucho más joven. Regresar me hizo recordar cuán poderosamente Dios ha estado obrando en mi vida desde entonces hasta ahora. El ritmo constante de la liturgia, día tras día y año tras año, me ha sostenido en mi propio ministerio y me ha enseñado que la gracia suele encontrarse más profundamente en la fidelidad.
Reflexionando sobre todo lo que vimos, desde el tranquilo convento de Lisieux hasta las costas azotadas por el viento de Normandía, desde las torres místicas del Monte Saint-Michel hasta el canto místico de Solesmes, y muchos otros lugares sagrados, me di cuenta de que la peregrinación no se trata de la distancia, sino de la profundidad; la cual nos sumerge en lo más hondo del amor de Dios y nos enseña a reconocer su presencia en todas partes: en la alegría y el cansancio, en la risa y la oración, tanto en la grandeza como en la sencillez.
La misma santa Teresita comprendió esta verdad y al reflexionar sobre su peregrinaje a Roma, escribió:
“Me invadieron pensamientos poéticos al contemplar estas maravillas que veía por primera y última vez. Pero no de remordimientos; mi corazón estaba puesto en maravillas más grandes que estas. Había visto las bellezas de la tierra; ahora solo tenía ojos para las bellezas del Cielo”. (Historia de un alma, cap. XXII).
Contemplando la gran basílica en honor a esta “pequeña santa”, recordé de nuevo su mensaje: Dios puede hacer grandes cosas incluso a través de los actos más pequeños realizados con amor. La humildad y la confianza en Él son la clave de la santidad.
La peregrinación, cuando está bien hecha, nos permite deleitarnos con la belleza de este mundo. Pero además, despierta en nosotros un anhelo por el mundo venidero. Cada paso, cada oración y cada comida compartida forman parte de un viaje más grande, que nos acerca cada vez más a Aquel que es tanto nuestro destino como nuestro compañero en el camino.
Es por esto por lo que recomiendo a todos los fieles que realicen al menos una peregrinación. No necesitan viajar hasta Francia para encontrarse con el Señor. Tenemos lugares maravillosos de gracia aquí en nuestra propia diócesis, incluyendo el Santuario del beato Stanley Rother, que puede despertar el alma a la presencia de Dios.
Tenemos el santuario nacional del Niño Jesús de Praga en Praga y el santuario diocesano de Nuestra Señora de Fátima en Bison. Incluso una visita improvisada a tu propia parroquia refleja esta importante verdad: esta vida es un viaje destinado a llevarnos a Dios. Animo a todos a peregrinar a uno de estos lugares o a cualquier otro destino de peregrinación durante este Año Santo dedicado a la esperanza.
Como nos lo recuerda santa Teresita: Este mundo es sólo nuestro barco y el Cielo es nuestro hogar.