“Porque ha he hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre”. (Lucas 1,49).
Con estas palabras, María alaba a Dios por el don de la salvación que Él nos ofrece en su Hijo, Jesucristo. El “Magníficat”, tal y como lo conocemos, es un cántico pronunciado por Nuestra Señora durante su visita a santa Isabel, un acontecimiento que conmemoramos en la liturgia de la Iglesia cada 31 de mayo, el último día del mes dedicado a María.
Desde 1949, el mes de mayo es considerado el Mes de la Salud Mental en los Estados Unidos, y aunque se trata de una conmemoración no religiosa, el cuidado de nuestra salud mental es sin duda un elemento integral en la práctica de nuestra fe Católica. Quizás sea una agradable coincidencia que el Mes de la Salud Mental coincide con el Tiempo Pascual en la vida litúrgica de la Iglesia Católica.
Los aniversarios de acontecimientos destacados, como nacimientos, bodas y ordenaciones, son importantes. El primer aniversario tiene un significado especial, ya que nos permite voltear hacia un pasado reciente y proyectarnos de manera especial hacia el futuro.
Cada año, en el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia Católica celebra el domingo del Buen Pastor. La lectura del Evangelio de ese día siempre dirige nuestra atención hacia Jesucristo, el Buen Pastor.
Durante el tercer domingo de Cuaresma que celebramos hace apenas unas cuantas semanas, escuchamos la historia de la mujer samaritana en el pozo que le pregunta a Jesús: “¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
La Iglesia Católica celebra en esta semana la Solemnidad de la Anunciación del Señor. La liturgia del 25 de marzo conmemora el hecho trascendental de cuando el Arcángel Gabriel visita a la Bienaventurada Virgen María y le anuncia que Dios la ha elegido para cumplir un papel excepcional en su Plan de Salvación para nosotros: Ser la madre de su Hijo.
Desde mi nombramiento como arzobispo hace 15 años, no he dejado de rezar por un nuevo Pentecostés que conduzca a una nueva evangelización en Oklahoma, una renovación que conmueva los corazones para un encuentro más profundo con el Verbo encarnado y una decisión consciente de seguir a Jesucristo.
Como joven que creció en la fe católica, la confesión era algo que normalmente me aterraba. Durante la secundaria y la universidad, solía posponerla durante meses. Como adolescente, y sin duda a través de mi ministerio sacerdotal, he llegado a reconocer la confesión como un gran regalo.
Hemos comenzado nuestro camino de Cuaresma hacia la Pascua. Es un camino espiritual, un camino de fe, pero el destino no es un destino físico. No veremos un cambio en la geografía o el lugar cuando lleguemos, pero el camino es totalmente real. Si perseveramos en el camino, nos moveremos de una manera vieja de relacionarnos con Dios a una nueva.
Durante la Semana de las Escuelas Católicas, realizada del 25 al 31 de enero, tenemos la oportunidad de reflexionar y expresar nuestra gratitud por las bendiciones de nuestras escuelas católicas en la Arquidiócesis de la Ciudad de Oklahoma.
Como discípulos de Jesucristo, puede que nos encontremos algo conflictuados en esta época del año. Estamos en los últimos días del Adviento y estamos al borde de la temporada navideña, que comienza con la solemnidad de la Natividad del Señor.
En octubre de este año tuve el gusto de encabezar la peregrinación de nuestra Fundación Católica de Oklahoma a Francia y acompañar a nuestros veintidós peregrinos. Una peregrinación es una oportunidad para renovar la fe y fortalecer la esperanza.
Es probable que el domingo hayan notado que el sacerdote de su parroquia no estaba usando el color verde en sus vestimentas, que es el color litúrgico previsto para el Tiempo Ordinario. En esta ocasión vistió de blanco para celebrar la festividad de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán.
El calendario litúrgico es el programa de fechas y tiempos de la Iglesia que marcan su ritmo de vida y de fe. La piedra angular del año litúrgico es el Domingo, el Día del Señor, el cual es como una “pequeña pascua”. Tenemos otros tiempos como el Tiempo Ordinario y días como el Miércoles de Ceniza, con el cual comienza el tiempo penitencial de la Cuaresma. Tenemos también el tiempo Adviento y de Navidad, y las fiestas de varios santos que veneramos.
El 22 de octubre celebraremos la festividad de San Juan Pablo II y muy probablemente muchos de los que estén leyendo esta columna tendrán recuerdos personales de su vida, su ministerio y su testimonio valeroso.
No debería sorprender que los sacerdotes de vez en cuando necesitan tiempo para recargarse de energía y que lo hacen fuera de su ministerio. Incluso lo vemos en la vida de Jesús, quien “subió al monte a solas para orar” (Mt 14,23) y “se pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12) después de intensos momentos de enseñanza y ministerio.
En este Año Jubilar estamos llamados a ser “Peregrinos de la Esperanza”. En este espíritu de la gran tradición jubilar, se nos invita a vivir este tiempo sagrado no solo como un aniversario que hay que celebrar, sino como un tiempo de gracia – un tiempo para restaurar lo que se ha perdido, sanar lo que está herido y llevar la luz de Cristo a un mundo oscuro que anhela su paz.
El mundo la conoció como la madre Teresa de Calcuta. Cuando yo era un joven seminarista en Roma, tuve el inesperado privilegio de conocerla cuando celebré una Misa para sus hermanas en un comedor social que ellas dirigían cerca del Coliseo. Ella ya era una celebridad mundial.
Aunque cueste creerlo, se nos fue otro verano. Mientras vislumbro la llegada de un nuevo ciclo escolar y un clima más fresco, me he puesto a reflexionar en todo lo que Dios ha hecho en estos últimos meses.