Nuestro querido Santo Padre, el papa Francisco, fue llamado a la casa del Padre el Lunes 21 de Abril en el doceavo año de su pontificado.
La muerte de un Papa es siempre un momento extraordinario en la vida de la Iglesia. Todos los católicos abrigan espontáneamente un aprecio especial y una devoción filial al Santo Padre como Vicario de Cristo y Sucesor de San Pedro, por lo que no es de extrañar que tantos católicos lloren conmovidos el fallecimiento de este Papa.
Este momento eclesial nos ofrece la oportunidad de considerar la obra de Dios en y a través de aquellos que Él ha llamado para servirle a Él y a su pueblo. En las últimas semanas, he estado reflexionando sobre la vida y el ministerio del difunto Santo Padre, el Papa Francisco.
El Papa Francisco, desde los primeros momentos de su papado, optó por utilizar gestos proféticos como medio para expresar su ministerio pastoral universal. Mientras que sus dos predecesores inmediatos tenían inclinaciones intelectuales, ya que habían sido profesores, el papa Francisco utilizó el testimonio de sus acciones incluso más que su enseñanza escrita para proclamar y dar testimonio del Evangelio.
No intento descartar lo que escribió, lo cual revela una profunda fe y sabiduría, pero creo que cada uno de nosotros puede pensar en imágenes impactantes a través de las cuales el Papa Francisco dio testimonio de la misericordia, la cercanía y la ternura de Dios. Recuerdo, por ejemplo, lo conmovedor de su oración solitaria en el interior de una Basílica de San Pedro cavernosa y vacía durante la agonía de la pandemia del COVID, cuando no se permitían las reuniones.
El Papa Francisco fue un pastor para quien el testimonio de la Iglesia al mundo estaba ante todo en su mente. Su especial preocupación pastoral por los marginados, los desamparados y los excluidos de la sociedad fue siempre lo primero y lo más importante a la hora de proclamar la Buena Nueva de Jesucristo al mundo.
El difunto Santo Padre creía que, si hemos de anunciar el Evangelio al mundo, debemos hacerlo empezando por aquellos a quienes la sociedad preferiría ignorar. Su atención a las realidades sociales y a los desafíos globales, como el cuidado de la creación y los emigrantes, estaba totalmente al servicio de la credibilidad del anuncio de Cristo por parte de la Iglesia al mundo.
Trazó el rumbo de su pontificado con la publicación de su exhortación apostólica postsinodal del 2013 llamada “La Alegría del Evangelio” (Evangelii Gaudium). Aquí presentó muchos de los temas en los que se desarrollaría en los años siguientes de su pontificado.
Escribe sobre la necesidad de una proclamación renovada de la Buena Nueva de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Pide que este kerigma esté en el centro de la vida y del testimonio de la Iglesia. Describe cómo debería funcionar esto dentro de la Iglesia y para que la Iglesia sea una fuerza vital dentro de la sociedad.
La totalidad del ministerio, los escritos y las enseñanzas del papa Francisco pueden leerse a través de la lente de este documento, en el que llama a la Iglesia a una conversión pastoral permanente.
Hay una belleza poética y una conveniencia de que Dios llamara al Papa Francisco a la casa del Padre el Lunes de Pascua durante el Año Jubilar de la Esperanza, que él inauguró. En cierto sentido, el Papa Francisco comenzó y terminó su servicio del Ministerio Petrino con el tema de la esperanza.
En su Misa inaugural como papa, Francisco invitó a toda la Iglesia a dar un firme testimonio de esperanza: “También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es dejar que un rayo de luz se abra paso entre las nubes; es llevar el calor de la esperanza”.
El papa Francisco fue un rayo de luz anunciando a Cristo al mundo y llamando a la Iglesia hacia un testimonio más íntegro y cristocéntrico en la sociedad. Nos deja como regalo de despedida el Jubileo de la Esperanza, para que seamos fortalecidos y animados en nuestro anuncio de Jesucristo a un mundo muy necesitado de su Buena Nueva.
Damos gracias a Dios todopoderoso por el don del papa Francisco. Rezamos por el descanso de su alma, y rezamos por la Iglesia universal en este tiempo de transición. Siempre con la certeza de que es Jesucristo, el Buen Pastor, quien guía fielmente a su rebaño por los pastos de la historia, nos encomendamos de nuevo al Señor y buscamos recibir y ser guiados por los pastores que el Señor nos proporcione.
Con gratitud por su ministerio, nos despedimos en oración del papa Francisco y lo encomendamos al Señor. También nos dirigimos con gran confianza al Padre de la misericordia y rezamos por aquel a quien Él elegira para pastorear la Iglesia como nuestro próximo Papa, Vicario de Cristo y Obispo de Roma.