Desde mi nombramiento como arzobispo hace 15 años, no he dejado de rezar por un nuevo Pentecostés que conduzca a una nueva evangelización en Oklahoma, una renovación que conmueva los corazones para un encuentro más profundo con el Verbo encarnado y una decisión consciente de seguir a Jesucristo.
Aunque el Señor ciertamente tiene el poder de penetrar miles de corazones en un solo instante, como lo hizo en Jerusalén hace dos mil años en aquel primer domingo de Pentecostés, la mayoría de las veces obra en silencio y con fidelidad, como una semilla que crece bajo la tierra.
El domingo pasado, tuve el gran gozo de ser testigo de esos frutos en el Santuario del Beato Stanley Rother, mientras celebraba el Rito de Elección para los catecúmenos – hombres y mujeres que nunca han sido bautizados y que hoy desean recibir los Sacramentos de Iniciación: Bautismo, Confirmación y Primera Comunión, al igual que otros candidatos que fueron bautizados en otras comunidades Cristianas y que hoy se están preparando para ser recibidos en comunión plena con la Iglesia Católica durante la Pascua.
El año pasado tuvimos la bendición de dar la bienvenida a 635 personas dentro de la Iglesia Católica. ¡Este año ese número será casi de mil personas!
Cada Cuaresma escuchamos las palabras del profeta Isaías: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé”. (Isaías 55,10–11).
La palabra de Dios lleva consigo el poder de despertar, sanar y transformar. El mensaje de amor, misericordia y esperanza que proclamamos es una invitación para encontrar al Señor vivo. De pie ante cientos de catecúmenos y candidatos, fui testigo de la fecundidad de esa palabra con su valiente “sí” a Cristo, como un signo visible de la gracia en acción.
La conversión no se produce de forma aislada. Cada persona que se presentó ante mí ese día representaba sin duda innumerables oraciones de cónyuges, padres de familia, hermanos, amigos y compañeros de trabajo. No puedo evitar pensar en santa Mónica, cuyas persistentes oraciones dieron fruto en la conversión de su hijo indeciso, san Agustín. De manera muy similar, el Señor ha utilizado las oraciones fieles de muchos en la Arquidiócesis de la Ciudad de Oklahoma para atraer a estos hombres y mujeres hacia Él.
La Cuaresma nos ofrece a cada uno de nosotros cuarenta días de renovación a través de la oración, el ayuno y la limosna. Es un tiempo de purificación, pero también de esperanza. A medida que estos catecúmenos —ahora llamados elegidos— y candidatos entran en sus últimas semanas de preparación, se nos invita a acompañarlos espiritualmente. Su recorrido no es diferente al nuestro. Su conversión nos invita a que examinemos nuestros propios corazones. ¿Debemos permitir que la Palabra de Dios cumpla su propósito en nosotros?
Los invito a tenerlos presentes en sus oraciones y a dar gracias a Dios porque han escuchado su voz y han respondido. Pidamos al Señor que los fortalezca y los proteja en su camino hacia las aguas del Bautismo y a la mesa del banquete del Señor. Y sigamos orando por aquellos a quienes el Señor sigue llamando, para que encuentren el valor de responder.
Que estos últimos días de Cuaresma nos lleven a cada uno de nosotros a una dependencia más profunda del amor de Dios y a una mayor confianza en su obra salvadora entre nosotros. Que el Espíritu Santo siga propiciando ese nuevo Pentecostés por el que tanto rezamos.